El viento manchego



Llevo ya más de un año por tierras manchegas y ahora que llega el verano y pasaré unas semanitas en el Reinu, estoy en plan ñoña, recordando todo lo que me ha pasado aquí. Estos días, además, he pensado mucho en el destino; nunca he creído en eso, pero el que yo esté donde estoy tiene mucho de predestinación o, más bien, de serendipia, de cúmulo de casualidades. Sea como fuera, lo cierto es que en este tiempo he vivido de todo: cosas buenas, cosas malas, cosas muy buenas, he conocido a algunas personas que valen muy mucho la pena, otras que espero no volver a ver y algunas que, sin yo saberlo, me han aportado mucho. Me quedo con todo, con lo bueno y con lo malo, sobre todo porque lo malo, con el tiempo, no ha sido tan malo.

Si algo he aprendido con las cosas 'malas' que me ha tocado ver o vivir, es que los manchegos son gente diferente; tienen otro carácter y actúan con otros parámetros bien distintos a los que somos del norte. No digo que sean peores o mejores, pero sí que es cierto que tienen ciertos comportamientos que no logro entender. Yo no sé si como dicen en Volver es cosa del viento manchego o es el agua que tiene alguna sustancia rara, pero cuanto más conozco a esta gente, más convencida estoy de que tienen algo que les hace actuar de forma diferente. Y si no, ahí está Alonso Quijano, el loco por excelencia. Quizás se salven los de Guadalajara, no lo sé, no he tenido el gusto de conocer en profundidad a ningún carriacense, pero puede ser que al ser casi más madrileños que manchegos, no tengan esas rarezas que sí tienen los de Toledo, Albacete, Cuenca y Ciudad Real.

Anyway. Puede que sus rarezas sean parte de su encanto, seguramente sea así; no obstante, espero que si me quedo mucho tiempo por aquí abajo (algo que no me importaría en absoluto) no acabe acostumbrándome a todo esto y me transforme en una manchega más. ¡F, no dejes que el viento manchego me afecte, por favor!
'El destino tiene que dar muchas vueltas para llegar a cualquier parte'

Robert F. Kennedy

'Sólo el hombre prosaico se aferra todavía a la oscura y ponzoñosa superstición de que el mundo se acaba en la colina más cercana, su universo llega hasta la orilla del río, su humanidad queda encerrada en el estrecho círculo de aquellos que comparten su ciudad, sus puntos de vista o el color de su piel.'

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